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Una peseta más que el Secretario

De entre las reformas que se proponen de la Ley 7/1985, de 2 de abril, reguladora de las Bases del Régimen Local (LBRL), una de las medidas más sorprendentes, o cuando menos inquietante, que se incluyen en el Anteproyecto de ley para la Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local (ALRSAL) es el nuevo apartado 4 que se añade al artículo 93 que estipula que «las Corporaciones Locales fijarán la cuantía del complemento específico de los puestos reservados a funcionarios de administración local con habilitación de carácter nacional dentro de los máximos y mínimos que se fijen por la normativa estatal”, aunque supongo que se me dirá que solo es preocupante para los afectados.

La insolidaria y vieja Europa

Europa anda inmersa en una profunda crisis de identidad. Pudiera decirse que habíamos construido un gigante con pies de barro o, utilizando una metáfora más cercana a la realidad, un edificio con cimientos de dinero bancario y derivados financieros. Éstos no eran una base firme, obviamente, y el edificio, falto de ese apoyo y sin otra estructura que lo soporte, al no haberse avanzado en una integración política y una gobernanza efectiva, se está viniendo abajo rápidamente. Los egoísmos e intereses nacionales lo están derribando inexorablemente. Mientras escribo estas líneas ese familiar cuya existencia no hace mucho el cuerpo ciudadano desconocía, la prima de riesgo, ha alcanzado respecto a Francia los doscientos puntos básicos y superado en España los quinientos. Alemania no tiene prima, porque es el familiar de referencia, pero en los últimos días también está enfermando y el coste de sus bonos a diez años ha superado ampliamente la barrera de los doscientos veinte puntos básicos. La financiación pública, de este modo, se encarece y el gasto financiero va ganando peso frente a otros gastos, destinados al sostenimiento del Estado de bienestar y a inversión. Poco a poco la Europa que conocemos, con un modelo económico en crisis estructural y huérfana de liderazgos políticos, se va haciendo inviable financieramente. No hay rescate posible. Hemos de nadar solos o ahogarnos.

Todas las fórmulas ensayadas hasta el momento en la vieja Europa están fracasando estrepitosamente y no han evitado la recesión. Eso sí, han cambiado gobiernos, se han obviado voluntades democráticas entregando el aparato del Estado a grupos de tecnócratas que, por cierto, desde el sector privado del que la mayoría provienen contrajeron muy posiblemente graves responsabilidades en la consecución de la situación actual. Miren ustedes las pasadas nóminas de Goldman Sachs y verán. Mientras se recortan los estados de gastos de los presupuestos públicos y se trata de estabilizar los de ingresos, en caída libre en los últimos años, con mayores cargas a los ciudadanos, se destinan fondos multimillonarios, en euros, al rescate de entidades financieras en toda Europa, ya sea como préstamos ya como inyecciones directas en capital. La deuda pública crece, el déficit, en la apuntada coyuntura de caída de ingresos, apenas puede contenerse o rebajarse. El coste financiero que han de afrontar los presupuestos públicos, en ese contexto y gracias a los manipulados mercados, se dispara al alza para los países del euro, reduciendo así los márgenes para el gasto social o productivo y dificultando la reducción del déficit público. El paro aumenta.

En nuestra vieja España cunde el desconcierto y, pese a las recientes elecciones, el desaliento. La política, lejos de acercarse al ciudadano y compartir con él los problemas proponiendo soluciones, duras o blandas, progresistas o conservadoras, expansivas o restrictivas del gasto, se aleja y se encastilla en el sacrosanto modelo constitucional surgido de aquel aquelarre de cesiones mutuas que fue la transición y que permitió a los que venían de atrás seguir aferrados al poder económico y el dominio social y a los que llegaban dominar, acaso nominalmente, el apartado del Estado y la administración en todos sus niveles. El ciudadano es, para ese mundo, el que ha de llenar las urnas periódicamente para repartir cuotas en los innumerables, redundantes e ineficientes niveles de administración, muy autónomos todos ellos, eso sí. No hay democracia participativa, ni fuera ni dentro del sistema de partidos. No hay contraste efectivo de programas ni explicación leal de la realidad. Vota, y ya veremos.

Hay que romper esta inercia. Radical y responsablemente. Y faltan líderes que miren más allá de su corralito electoral. Merkel, con su vehemente “nein, nein, nein” es la expresión máxima del egoísmo y la insolidaridad que está destrozando Europa y que acabará enfrentando, ante la inacción de sus gobiernos, a sus ciudadanos. Europa está integrada, sí, en sus deudas, pero está huérfana de liderazgos efectivos, ayuna de mecanismos de gobernanza económica, alejada de los más mínimos requerimientos democráticos y dominada por estructuras tecnocráticas desconocidas para el común de los ciudadanos europeos. Esta Europa, este modelo de Europa, es hoy el problema y la actitud del gobierno alemán su máxima expresión. Si no podemos actuar juntos, si no somos capaces de buscar soluciones juntos, si las instituciones comunes sólo sirven a los poderosos y, a la postre, para que los poderosos decidan cómo se reparte la pobreza que nos imponen los tiempos, no merece la pena continuar adelante.

La cosa no va mejor en España. Pero esa es otra historia. Hoy prefiero no escribir sobre ella. Prefiero mirar el coste del bono alemán y las primas de riesgo. Quizá de los mercados, en su soberbia e indecencia, esté finalmente la solución. Tan libres de controles creen estar que quizá aprieten en demasía a los dominados. Y provoquen la reacción.